Carlos López ArreguiÉcija · Sevilla

Por qué cierran las escuelas municipales de música (y cómo evitar que cierre la tuya)

Una escuela municipal de música casi nunca cierra de golpe. Se va apagando: un curso con menos horas, otro sin audición de fin de curso, un presupuesto que no se renueva. Y cuando alguien se da cuenta, ya no hay escuela.

He visto abrir escuelas y he visto cerrar alguna. Estas son las cinco causas que más se repiten y lo que se puede hacer con cada una.

1. Depende de una sola persona

Muchas escuelas existen porque un concejal o un alcalde se empeñó. Es una gran noticia hasta que hay elecciones. Cada cuatro años cambia la corporación, y una escuela que era «el proyecto de fulano» corre el riesgo de irse con él.

La solución es que la escuela sea del pueblo y no de nadie: que la conozcan todos los grupos municipales, que tenga un convenio o un contrato claro y que su valor se pueda enseñar con datos, no con la palabra de quien la impulsó.

2. No se ve

Si la escuela solo existe entre las cuatro paredes del aula, para el resto del municipio no existe. En nuestras escuelas los alumnos tocan para sus familias cada trimestre, y procuramos que la escuela esté en las fiestas, en los actos del ayuntamiento y en la calle.

Una audición no es un extra: es la forma en que el pueblo comprueba que su dinero está sonando.

3. Es solo para niños

Una escuela que solo atiende a un tramo de edad depende de cuántos niños nazcan en el pueblo. En los municipios pequeños eso es una cuenta atrás. Abrir la escuela desde los cuatro años —con música y movimiento— y también a los adultos amplía la base, y convierte la escuela en algo de todo el municipio.

4. Nadie mira los números

Un ayuntamiento no puede defender lo que no puede medir. Por eso cada curso conviene entregar un resumen sencillo: cuántos alumnos, de qué edades, qué asistencia, qué actuaciones. Registramos la asistencia de cada clase, y eso permite contestar con datos cuando alguien pregunta si la escuela merece lo que cuesta.

Los números buenos también cuentan. Este curso, en Villanueva del Duque, la escuela ha superado las cincuenta matrículas y ha cubierto casi todas sus plazas. En un pueblo de su tamaño, ese dato defiende la escuela mejor que cualquier discurso.

5. Los alumnos se van y nadie se pregunta por qué

La señal más clara de que una escuela empieza a apagarse está en las listas. Si el profesor de batería empieza el curso con diez alumnos y lo acaba con tres, el problema no es la batería: es que las clases no están siendo lo bastante motivadoras como para que los alumnos se queden.

La desmotivación casi nunca es culpa del alumno. Aparece cuando no hay un seguimiento de cada uno ni de lo que se está dando en clase, y cada profesor va improvisando. Por eso en nuestras escuelas todos los contenidos están secuenciados en nuestra propia aplicación: detrás del uno va el dos, luego el tres y el cuatro, con una programación base muy clara para cada especialidad. El alumno siempre sabe qué ha conseguido y qué viene después, y el profesor nunca tiene que inventarse la siguiente clase. Esa sensación de avanzar es la que hace que un niño quiera volver la semana que viene.

Lo que tienen en común

Casi ninguna de estas causas es musical. Una escuela puede tener el mejor profesorado del mundo y cerrar igual. Lo que la mantiene abierta es la gestión: que no dependa de una persona, que se vea, que sea de todos, que sus números estén a la vista y que cada alumno tenga un camino claro por delante.

Si tu escuela está en alguno de estos puntos, o estás pensando en abrir una y quieres evitarlos desde el principio, escríbeme.

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